Mc 2, 18-22
En las oraciones que vamos a trabajar esta semana, intentaremos soñar un poco y qué mejor forma que utilizando algunos de nuestros personajes favoritos en algunas películas.
Elsa, la princesa del hielo, es una niña que se da cuenta que tiene una antigua habilidad sobre el hielo y la nieve, y, a menudo utiliza sus habilidades para jugar con su hermana menor, Anna. Un día, jugando tiene lugar un acontecimiento que le hace encerrarse en sí misma. El miedo se apodera de ella, solo es capaz de ver frío a su alrededor. Siente que para poder proteger a los demás, tiene que estar alejada de ellos.
¿Qué cosas te dan miedo como a Elsa? Puede ser la oscuridad por ejemplo o hasta los momentos en que estamos solos…
Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la palabra. Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados quedan perdonados».
Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: «¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, aparte de Dios?» Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico ‘tus pecados quedan perdonados’ o decirle ‘levántate, agarra la camilla y echa a andar’? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…» Entonces le dijo al paralítico: «Contigo hablo: levántate, agarra tu camilla y vete a tu casa».
Se levantó inmediatamente, agarró la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual».
¡Qué bien sienta escuchar en tu adentro:
«tus pecados quedan perdonados»!
Y saber que es verdad.
Que tu corazón queda más blanco que la nieve.
Que las lágrimas por tus errores
riegan nuevos campos de flores.
Que la piedra en la que tropezaste
se convierte en parte de tu reconstrucción.
Que la oscuridad de tu alma agitada
se torna en amanecer prometedor de luces claras.
Que tus parálisis y estancamientos
se tornan en rutas y veredas por recorrer.
Que tus ciénagas interiores
se transforman en parques donde tu niño interior quiere salir a jugar.
Que tu barro agrietado,
el Buen Alfarero lo amasa hasta sacar la vasija más hermosa.
Que tus muros derruidos,
el Buen Arquitecto los utiliza para levantar una fortaleza inexpugnable.
Que donde abundó el pecado,
sobreabundó la gracia.
Sí. Así es tu perdón, Señor,
cuando se derrama sobre nosotros.
(Fermín Negre)
(Rezandovoy)