Buenos días, finalizamos la semana, cargados de energía, comprometidos y con un gran corazón abierto, dispuesto a ayudar y orgullosos de poder ofrecérselo a Jesús. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.
Por favor, estad muy atentos a lo siguiente:
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Todos están llevando a cabo un precioso proyecto que les va a cambiar sus vidas. ¿Por qué?
Compartir tiempo y ayudarse mutuamente entre todos es el mayor regalo que podemos hacernos.
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Jesús, hoy te damos gracias por nuestros mayores. Gracias a ellos hoy estamos aquí, su esfuerzo, dedicación, trabajo, superación, constancia, compromiso, valentía y amor nos hacen sentirnos muy orgullosos de ellos.
Algunos tienen la suerte de verlos todos los días, otros solamente en algunas ocasiones, y el resto, los tenemos presentes en un lugar muy, muy especial, y todos los tenemos en nuestros corazones.
«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:
“Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.
Pero Abrahán le dijo:
“Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.
Él dijo:
“Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.
Abrahán le dice:
“Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”.
Pero él le dijo:
“No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.
Abrahán le dijo:
“Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».