Buenos días, párate un momento. Relájate y respira hondo. Dios está aquí, contigo, escuchándote.
Lo más importante ahora eres tú.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.
Buenos días, párate un momento. Relájate y respira hondo. Dios está aquí, contigo, escuchándote.
Lo más importante ahora eres tú.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.
En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.
Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.»
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.
Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»
Buenos días a todos, ya estamos casi en el final de la semana. Unidos comenzamos la oración en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.
¡Con todo mi corazón... te adoro, Señor!
¡Quiero permanecer siempre en tu Amor!
¡Qué bien se está aquí, en tu presencia!
¡GRACIAS POR ESTAR AQUÍ!
PADRE,
YO SÉ QUE ESTÁS AQUÍ, DENTRO DE MÍ.
ME CONOCES Y ME QUIERES.
YO TAMBIÉN TE QUIERO Y DESEO SER SIEMPRE TU AMIGO.
TE DOY LAS GRACIAS POR CONOCERME Y QUERERME.
GRACIAS JESÚS POR ESTAR AQUÍ.
Padrenuestro.
Te doy gracias porque me conoces y me amas.
Yo también quiero conocerte bien, sentirte a mi lado,
para amarte y hacerte conocer y amar.
Gracias Jesús por estar aquí.
En aquel tiempo, Jesús fue a la región de Tiro. Se alojó en una casa, procurando pasar desapercibido, pero no lo consiguió; una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró en seguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies. La mujer era griega, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de su hija.
Él le dijo: «Deja que coman primero los hijos. No está bien echarles a los perros el pan de los hijos.»
Pero ella replicó: «Tienes razón, Señor; pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños.»
Él le contestó: «Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija». Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se había marchado.