Lunes 7 de febrero

 Buenos días a todos, comenzamos la oración en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén,


Al comenzar la mañana te abro mi corazón, para que siempre te escuche.

La relajación de la rana. Nos sentamos como indios con la planta de los pies una contra otra y escuchamos atentamente lo que dice el vídeo.


Ahora tenéis una sensación de paz muy relajante. Es el momento para sentirse agradecido a Dios por todo lo que nos ayuda, por las personas que nos pone cerca.

¿Queréis darle las gracias, por alguna circunstancia? Gracias Padre por...

Padrenuestro.


Evangelio del 7 de febrero


Marcos 6,53-56

En aquel tiempo, cuando Jesús y sus discípulos terminaron la travesía, tocaron tierra en Genesaret, y atracaron. Apenas desembarcados, algunos lo reconocieron, y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas. En la aldea o pueblo o caserío donde llegaba, colocaban a los enfermos en la plaza, y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos.

Viernes 4 de febrero

Buenos días, vamos a rezar apreciando el valor de la solidaridad. Comenzamos la oración, respiran profundamente para relajarnos y preparar nuestro cuerpo para disfrutar de este ratito con Jesús.

En el nombre del Padre, del Hijo...

Os invitamos a ver el siguiente vídeo. seguramente ya lo has visto en otra ocasión, pero creo que nos puede ayudar a descubrir algún aspecto distinto. Reflexionemos sobre los gestos sencillos y cotidianos, de cada día. ¿Encontraremos nuestra felicidad atendiendo a los demás?


- ¿Qué gestos hemos podido ver?
- ¿Qué hacen por los demás? 
- ¿Qué reciben a cambio?

Vamos a ayudar, seamos solidarios con otros como haría Jesús.

Para lograrlo, le pedimos fuerzas a nuestra Buena Madre, rezando un Ave María.














Evangelio del 4 de febrero

Mc 6, 14-29

Como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los antiguos». Herodes, al oírlo, dijo: «Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».

Es que Herodes había mandado prender a Juan y le había en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano. Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.

La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino». Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?». La madre contestó: «La cabeza de Juan el Bautista». Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista». El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo su cabeza en una bandeja, y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.

Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.